De izquierda a derecha: Wilmer Toro, Johana Bardales, Edwin Peralta, Juan Carlos Canaca, Marta Zepeda, y un manifestante anónimo, con banderas de Honduras y del partido Libre.

Soñando con Honduras, Desde los Estados Unidos

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José Danilo Rodríguez no vive en Honduras.  Ha vivido en los EE.UU. desde un poco antes del huracán Katrina, formando parte de la comunidad hondureña del área de Nueva Orleans, una de las más grandes en el país. “No he contado los años, pero son un montón ya” dice él sobre el tiempo que ha vivido los EE.UU.  De acuerdo con sus cálculos, él lleva trece años trabajando aquí en construcción, “haciéndoles casas a los gringos acá,” dice él con una sonrisa.

Él es uno de las docenas de hondureños, muchos acompañados por sus niños, quienes se han juntado en la esquina de Canal y Jefferson Davis en Midcity para un cacerolazo, una manifestación donde los participantes dejan resonar su descontento usando artículos de sus cocinas.  Esa táctica se implementó visiblemente por primera vez a los principios de los años 1970s cuando manifestantes chilenas trajeron sus cacerolas vacías a las calles para protestar la escasez de alimentos.

Este cacerolazo, el 3 de diciembre del 2017, se organizó por medio de Facebook.  Es una de una serie de protestas por hondureños en el área de Nueva Orleans, la cual es el hogar de aproximadamente 25.000 hondureños y hondureño-americanos, según el censo del 2010.  Después de la elección disputada en noviembre, un grupo empezó a reunirse cada noche para vigilias en este lugar.  Esta tarde, mientras llegan los primeros participantes, se turnan para agitar banderas hondureñas y mantas de protesta desde la cima de lo que hace menos de un año fue la base del monumento Jefferson Davis.

Pancartas al base que antes sostenía un monumento a Jefferson Davis.

El domingo 26 de noviembre, los hondureños votaron para elegir su próximo presidente.  Casi dos meses después, las protestas siguen.  Declararon al presidente actual, Juan Orlando Hernández, como ganador, pero la Organización de Estados Americanos (OEA) encontró tantas irregularidades con la votación que recomendaron botar los resultados y realizar de nuevo la votación.

Muchos hondureños, ya frustrados del ambiente de corrupción y desigualdad en su país, fueron a las calles para manifestarse en contra de lo que vieron como otro ataque más a su democracia. En ciudades por toda Honduras, miles de personas han demostrado públicamente, y, aun cuándo eso ha resultado demasiado peligroso, pegaron sartenes y cacerolas en sus casas para dar voz a sus preocupaciones.  En los EE.UU., otros – la mayoría hondureños – han alzado sus voces, desde Nueva York al condado de Los Ángeles a Tampa a Filadelfia.  Unos han compartido sus pequeños cacerolazos por Facebook Live para mostrar apoyo.  Otros, como Rodríguez, han protestado en las calles estadounidenses.  “Estamos uniéndonos a las manifestaciones porque de verdad no nos está gustando lo que está pasando en nuestro país con las votaciones,” dice él.  “Están haciendo fraude, la verdad y queremos que todo eso lo haga limpiamente.”

El hecho mismo de su campaña brindó controversia en un país donde muchos todavía consideran anticonstitucional la reelección.  Varios países latinoamericanos, tratando de evitar todo lo que podría parecerse a las dictaduras de sus historias, han guardado prohibiciones de reelección, aunque unos ya han revocado estas reglas.  Apenas en el 2015, con mucho alentó de Hernández, la Corte Suprema de Justicia revocó esta prohibición en Honduras. 

 “Estamos uniéndonos a las manifestaciones porque de verdad no nos está gustando lo que está pasando en nuestro país con las votaciones,” dice él.  “Están haciendo fraude, la verdad y queremos que todo eso lo haga limpiamente.”

El presidente Manuel Zelaya propuso una consulta no vinculante sobre el asunto de cambiar la misma prohibición en el 2009.  Esto se presentó como uno de los motivos principales por el golpe de estado que le quitó la presidencia, pero en el caso de Hernández, parece que la única consecuencia ha sido la desconfianza popular.  Periodista Elizabeth Macklin del New York Times explica que, sin importar lo que las leyes permiten, Latinoamérica generalmente desconfía en los que buscan seguir en el poder.

“Él forzó a la Corte Suprema para poder reelegirse cuando en Honduras no se podía reelegir un presidente,” dice Edwin Peralta, quien salió de Honduras a los 21 años para unirse con sus familiares en Kenner después de que su papá falleció.

Marta Zepeda, una hondureña que lleva ya 15 años en los EEUU, coincide.  Ella repite una crítica común sobre el presidente actual: que ha dado puestos por todo el gobierno a aliados suyos y de esa manera ha concentrado su poder.  “Él es un violador porque nos violó la regla de la constitución porque la constitución no la permite, pero como él puso los magistrados, le dieron el visto bueno,” dice ella. “Este señor que está ahorita ya implementó una dictadura. Él manda las fuerzas armadas, tiene el control total. El congreso nacional, él tiene los magistrados, todo está a favor de él.”

 

Marta Zepeda hace ruido con un sartén y una cuchara.

Tres partidos se unieron bajo el nombre Alianza de Oposición Contra la Dictadura para oponerse a la reelección de Hernández.  Nombraron a Salvador Nasralla para ser su candidato presidencial.  Cuando se anunciaron los resultados primeros la noche de la elección, parecía que quizás la cuestión de la legalidad sería irrelevante: con 57% de mesas escrutadas, Nasralla tuvo una ventaja que oficiales dijeron era “irreversible”.  Pero en la madrugada se paró el conteo, provocando un escepticismo generalizado.  El silencio duró veinticuatro horas.

“Aun siendo 2017, que tenemos más tecnología, y las elecciones se pudieron haber cerrado y con rapidez decir quién era el presidente electo,” explica Peralta, “muchas horas después ellos decían que todavía no había un presidente electo porque no estaba el conteo total.  Pero se sabe que el Tribunal Supremo Electoral está dirigido por David Matamoros quien siempre ha sido un empleado Nacionalista y nosotros estamos seguros que él ahora sigue los mandatos de su presidente,” argumenta él.

El OEA pidió a Irfan Nooruddin, un experto en las elecciones en la Universidad de Georgetown que examine los resultados electorales.  Él encontró diferencias sospechosas entre los resultados que se contaron antes de la pausa – cuando Nasralla estuvo ganando – y después.  Él dijo al NPR, “Es prácticamente como si fuera una segunda votación completamente diferente.”

Jimmy Herrera, un hondureño alto con sonrisa amable, piensa que es obvio: “Hay muchas pruebas… Creo que en esta época que la tecnología está avanzada, es muy difícil engañar a las personas.  El pueblo se está despertando. Ya hay demasiado, demasiado engaño. Estamos cansados de tanta corrupción.”

Durante su mandato, el presidente Hernández mandó medidas severas contra el crimen organizado.  Despidió a un tercer de la fuerza policial después de revelaciones de sus conexiones con asesinatos de oficiales antidrogas, confirmando lo que hondureños presentían por mucho tiempo: que la policía estaba involucrada.   Construyó prisiones de máxima seguridad y autorizó la extradición para que los presuntos narcotraficantes podrían ser enjuiciados en los EE.UU.  Y creó una fuerza policial militarizada de 3.000 oficiales – la Policía Militar de Orden Público --  de ahí las fotos de soldados armados en los vecindarios que son tan comunes hoy en día.

Hernández atribuye a esas estrategias el brusco descenso en la tasa de homicidios – una reducción de 35% entre 2012 y 2016, según el Observatorio de la Violencia en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.  En octubre, la Ministra Asesora de Estrategia y Comunicaciones del Gobierno de Honduras escribió en una carta al editor del New York Times que Honduras “está indudablemente ganando en su guerra contra los narcotraficantes y pandillas criminales” y “si [Hernández] sea reelegido el mes que viene, criminales y narcotraficantes en Honduras deberían prepararse para una derrota final.” Hernández se ha ganado partidarios con su enfoque duro contra el crimen, pero el OES dice que los resultados de la elección tienen tantas irregularidades que no se puede saber cuántos hondureños votaron para reelegirlo.

A pesar del descenso en asesinatos, a Hernández no falta quien lo critique.  Unos ponen en duda la manera en el que ha abordado el crimen.  Entre ellos son Migdonia Ayestas, quien argumenta que Honduras no debería contar con su ejército para parar los homicidios, junto con los 108 miembros del Congreso estadounidense quienes firmaron una carta en 2014 exigiendo al Departamento de Estado de EE.UU. que incite a Honduras para que “pare el uso de fuerzas militares para la aplicación de la ley… y restablezca el estado de derecho.”

Pese a su “mano dura,” muchos hondureños creen que él de hecho ha facilitado la corrupción.  La evidencia claramente incrimina a varios miembros de su administración.  En el 2013, mientras hospitales hondureños sufrían una escasez de equipo y personal, los hondureños comenzaron a especular sobre a donde se habían ido los fondos para el sistema de salud que anteriormente fue apropiado, ya que aún efectuaban sus pagos mensuales según sus ingresos.  Para el 2015, la naturaleza y escala del problema ya se manifestaban: presuntamente, funcionarios de alto nivel habían utilizado una red de compañías falsas para robar $350 millones del Instituto Hondureño de Seguridad Social.  Hernández admitió públicamente que estas compañías contribuyeron $150,000 de este dinero robado a su campaña presidencial de 2013, aunque él dice que no sabía de donde venía el dinero.  

Tras presión del OES, él permitió que se haga un órgano independiente, la Misión de Apoyo contra la Corrupción e Impunidad.  Hondureños han mostrado su apoyo para iniciativas contra la corrupción, pero unos se preocupaban desde el principio que a esta misión no tuviera el poder suficiente para parar la corrupción.  En enero de 2018, el Congreso de Honduras aprobó una nueva ley de presupuestos que quitaría el poder de la Misión y de la fiscalía de investigar o enjuiciar a funcionarios presuntos de malversación.  

Mientras tanto, sigue la corrupción.  Funcionarios intencionalmente obstruyeron la investigación del asesinato en 2016 de Berta Cáceres, una querida activista quien defendió el ambiente y las comunidades indígenas.  Y unos acusan a Hernández de haber concentrado su poder de manera ilegal o hasta haber financiado su primera campaña presidencial con dinero derivado de las drogas.

El candidato de la oposición, Salvador Nasralla, basó su campaña en la lucha contra esta corrupción. En el 2013, fundó su propio partido político: el Partido Anticorrupción.  Debido a que sólo dos partidos, el Partido Nacional y el Partido Liberal, dominaban las elecciones durante las décadas anteriores, Nasralla formó una alianza temporal entre su partido y dos más – el Partido Libertad y Refundación (LIBRE) de Manuel Zelaya y el Partido Innovación y Unidad (PINU) – para mejorar su posibilidad de vencer a Hernández.  Según la página web de la Alianza, se creó para “responder al clamor popular de hacer la oposición formal y democrática a los flagelos de la corrupción, represión e impunidad; que impiden el desarrollo de la sociedad hondureña.”

José Danilo Rodríguez piensa que Nasralla ofrecería posibilidades nuevas a Honduras.  “Me imagino, por lo que él está diciendo y por lo que sabemos que él es buena gente y que es decente…esperamos que haiga nuevas formas de trabajo… No queremos regalado sino queremos trabajar, tener buenos puestos de trabajo.” Rodríguez explica que las protestas no son su ambiente normal: “Nunca he andado en esto, pero por las cosas que están pasando, todo el país está en lo mismo.”

Una camioneta lleva una manta en apoyo del candidato de la oposición, Salvador Nasralla.

Él no es el único nuevo en esto.  Johana Lizbeth Bardales Ayala está vestida con una playera de fútbol hondureño y cargando la bandera de su país.  Está visiblemente embarazada y explica que tiene una hija de ocho años en Honduras.  “No tengo mucha experiencia en política, pero estamos caminando por allí,” dice ella.

Montar una protesta por Honduras desde los Estados Unidos tiene sentido para Héctor Sánchez, quien no ha regresado a su país desde su despedida hace 24 años.  “Estados Unidos es un país dónde se protesta”

El viernes 1 de diciembre, el gobierno actual puso un toque de queda y ordenaron al ejército que lo impongan.  Supuestamente eso fue un intento de parar las protestas y los robos, aunque los que critican al presidente aseguran que los que apoyaban al presidente fueron los mismos que robaron.  El día del cacerolazo del 3 de diciembre, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos anunciaron que 11 personas murieron hasta entonces en las protestas.  Dos meses después, esa cifra ha crecido a 38 por lo menos, y al menos 21 de ellos fueron matados por la policía militar, según el grupo para derechos humanos Comité de Familiares de Detenidos Desaparecidos en Honduras.

“Nunca me imaginé -- de 17 años que tengo de vivir en los Estados Unidos—venir aquí y estar aquí y un día escuchar que mi país está siendo asesinado por la misma policía militar,” Marina Mejía de voz suave.  “No entiendo como los militares pueden ir a atacar a alguien que no tiene nada, sólo su voz, exigiendo libertad.  ¿Y mi pregunta esto, como pusieron toque de queda 20 minutos antes?”  Ella argumenta que muchas personas todavía estuvieron en las protestas o en el trabajo y no se dieron cuenta del toque de queda o no tuvieron cómo volver a sus casas a tiempo.  Su tranquil cambia cuando describió cómo la policía militar golpeó a la gente de manera indiscriminada: “¡Y en Honduras hay muchos niños que viven en la calle!  ¿Que está pasando con esos niños que viven en la calle en ese toque de queda?   Ésa es mi pregunta a mí.”  

Marta Zepeda escuchó que ni los que protestaron desde sus propias casas estuvieron seguros: “Hay videos donde desgraciadamente la policía entró a la propiedad privada botando puertas y todo porque ya estaban desesperados… porque la gente estaba haciendo el cacerolazo en sus casas, pero ellos no tienen ningún derecho a entrar.” Ella dice que ve esto como prueba de la corrupción policial, parte de la razón por lo cual está de protesta.  (El próximo día, las COBRAS, una fuerza policial especializada en antimotines, negó imponer el toque de queda, declarando que no podrían “estar confrontando y reprimiendo sus derechos.” El día siguiente, la Policía Nacional hizo lo mismo.)

Ilda Sarmiento, quien ayudó a realizar y publicar el cacerolazo en las redes sociales, dice que no es exclusivamente un asunto hondureño: “Queremos decirle a los Estados Unidos que deje de mandar a militarizar nuestro país, porque sabemos que mientras ellos siguen apoyando al gobierno corrupto que tenemos, vamos a seguir viviendo en la dictadura... Que Estados Unidos deje de meterse en las cuestiones políticas de Honduras porque sabemos que desde el 2009 que se dio el golpe de estado, nuestro país ha sido militarizado por los Estados Unidos.”  De hecho, reportes indican que algunas de las fuerzas que se enviaron para dispersar a las protestas fueron policías militares que pertenecen a unidades entrenadas por los Estados Unidos.

Más tarde ese mes, los EE.UU. dejó claro su posición.  Aunque 20 representantes del congreso habían firmado una carta al Secretario del Estado Rex Tillerson exigiendo que los EE.UU. apoye el llamado de OEA para elecciones nuevas, y otros 30 legisladores habían exigido al presidente Trump suspender todas las ayudas de seguridad a Honduras,” el Departamento de Estado de los EE.UU. publicó una declaración el 22 de diciembre felicitando a Hernández por su victoria.  A pesar de preocupaciones generalizadas sobres los derechos humanos, la ayuda de los Estado Unidos a Honduras, incluyendo ayudas de seguridad, siguen igual.

“Queremos decirle a los Estados Unidos que deje de mandar a militarizar nuestro país, porque sabemos que mientras ellos siguen apoyando al gobierno corrupto que tenemos, vamos a seguir viviendo en la dictadura...”

Se trata más que elecciones y el ejército, explican los manifestantes.  “No es sólo para Salvador Nasralla,” dice Peralta, mientras resuenan los cánticos de protesta en el fondo.  “Es por la democracia de nuestro país, por la libertad de expresión, y porque queremos un cambio.  Queremos nuevas oportunidades, queremos salud, no queremos más víctimas, ni robos, ni corrupción, y aunque sea algo difícil, sabemos que cuando Juan Orlando ya no esté en poder, esto se puede empezar a lograr.”

Leyendo las noticias, parece difícil imaginar un Honduras diferente.  Pero para algunos, esos reportes negativos los motivan a buscar un cambio.  Mario Fernando Zepeda, quien ha pasado horas agitando una bandera para los carros que pasaban, explica: “Estamos para algo más.  Ya no podemos seguir estancados ni que las organizaciones internacionales o el mundo nos vea como lo peor…como uno de los países más violentos a nivel nacional. Ya basta de eso,” dice él.  “Necesitamos realmente demostrarle al pueblo o al mundo quien realmente somos, como hondureños, como personas.” Zepeda quiere ver a nuevas personas en el poder – le molesta que algunos políticos han estado en el Congreso durante tres décadas. 

Gina Amaya y su hija Kathy.

 

Los que conocen a Honduras ven más allá de la violencia.  “Nosotros vivimos en un país rico, vegetación, fauna, todo lo que un ser humano deseara,” dice José Leónidas Argueta Argueta.  “Es algo que aquí extrañamos demasiado.  Para nosotros es el sueño.” Igual que muchas personas que dejaron a Honduras, dice que realmente él no quería: “Si un día salimos de Honduras fue porque realmente nuestra necesidad era grande,” dice él.

“Hemos tenido que venir acá huyendo de esa pobreza y de tanto crimen,” explica Sarmiento. “Hay niños que no pueden ir a la escuela porque tienen que trabajar para poder comer una comida al día… Ir a un hospital allá a enfermarse es un lujo porque es muy caro. No hay una manera de seguir adelante.”

“No es sólo para Salvador Nasralla,” dice Peralta, mientras resuenan los cánticos de protesta en el fondo.  “Es por la democracia de nuestro país, por la libertad de expresión, y porque queremos un cambio.  Queremos nuevas oportunidades, queremos salud, no queremos más víctimas, ni robos, ni corrupción, y aunque sea algo difícil, sabemos que cuando Juan Orlando ya no esté en poder, esto se puede empezar a lograr.”

¿Pero qué es lo que anima a una persona a seguir luchando por un país ya que lo hayan dejado?  Para algunos, es su identidad hondureña o las personas que se quedaron allá. “Ante todo, porque somos hondureños de corazón, nacimos allá, nuestro ombligo está allá,” dice Mario Zepeda. “Uno siempre está, aunque uno esté aquí o esté en la luna o esté a donde esté... esta sangre patriótica que uno tiene, es por eso.”

“Nuestro país nos necesita y como hondureños nos tenemos que identificar con el país porque están pasando cosas graves,” dice Argueta.  “Creo que es tiempo de que el pueblo se manifieste pacíficamente, expresando su deseo de ver una nación diferente, de ver un país en paz, un país sano en todas las áreas.”

Marina Mejía siente igual.  “Nosotros lo que queremos es que nos devuelvan nuestra Honduras, la Honduras que nosotros teníamos, una Honduras libre e independiente,” dice ella.  

Para algunos, las protestas se tratan de sus propios futuros.  Mario Zepeda es uno de los muchos que esperan un día volver a Honduras para siempre.  “Sí, la verdad si pienso en regresar,” dice él, “y espero que el día que regrese se sienta esa felicidad cuando uno regrese nuevamente de un largo tiempo a un país, y nuestro país este mucho mejor.  No este en la lipidia, no esté en este hoyo negro… o estancado en la situación en lo cual nos encontramos.  Al contrario… que se encuentre un país mucho mejor que lo cual… dejamos.”

Para Argueta, regresar a Honduras “es nuestro anhelo. Para eso trabajamos.  Gracias a Dios hemos logrado a lo que todos hemos querido… el bendito sueño americano de prosperarnos y ser alguien en la vida.”

Pero no todos los que luchan por Honduras quieren regresar.  Explica Héctor Sánchez, “No he ido por lo mismo, porque no hay justicia entonces no se puede vivir en un país que no hay justicia.”

Otros tienen conflicto, ya que se sienten conectados con dos países. “He creado raíces acá, mis hijos son de acá, entonces también amo a esta ciudad, y amo a Honduras,” dice Sarmiento. “Estoy cómo… dividida, ¿verdad? en dos países diferentes pero que también amo mucho.”

Marina Mejía llama a Nueva Orleans su “segunda tierra”: “Ahorita tengo mis hijos acá, los tengo estudiando, son el futuro,” dice ella. “Cuando ellos ya sean mayores de edad… pues ya creo que voy a regresar con mi familia.  Porque es mi tierra y mis hijos tienen su futuro aquí.”  Ella para y después añade: “Ellos decidirán el día mañana.”

“Ante todo, porque somos hondureños de corazón, nacimos allá, nuestro ombligo está allá,” dice Mario Zepeda. “Uno siempre está, aunque uno esté aquí o esté en la luna o esté a donde esté... esta sangre patriótica que uno tiene, es por eso.”


A gritos de “Fuera JOH” (el apodo que unos usan para el presidente Juan Orlando Hernández), Herrera explica: “Sería una excelente cosa poder regresar a nuestro país. Qué bueno sería regresar con un ambiente de cambio, no regresar a lo mismo.”  Él espera oportunidades para crecer, salir adelante, y proveer una educación excelente para sus hijos.  Cree que un cambio viene a Honduras.  “Yo sé que de allí va a comenzar un cambio para otros países también… de aquí en adelante, vienen nuevas cosas para nuestro país… la gente va a pensar diferente. Ya la gente no va a pensar negativamente. Saliendo a la calle, se va a informar, va a entender, y va a saber qué es lo que tiene que hacer ahora.”

Pero para José Danilo Rodríguez, no hay duda en su mente -- desea volver a Honduras: “Mi sueño para mi futuro es llegar y no tener que regresar a este país, porque como quiera, es el sueño americano, pero uno desea estar en el país de uno.”

“Ando mucho tiempo trabajando y trabajando y no poder ver a mi mamá, ir a darle un abrazo y sentirla cerca, eso es lindo… Ya estoy viejito para regresarme a mi país para disfrutar el poco que queda.” Él explica que se le está acabando su fuerza para el trabajo manual, y que tendrá que trabajar más despacito cuando regrese a Honduras.  Su meta actual es quedarse en los EE.UU. por solo dos años más.

Le pregunto si esto quiere decir que Salvador Nasralla, si hubiera ganado, sería su presidente. “Correcto,” me dice.  “Eso es lo que estamos pensando… El llegar a un país donde las leyes sean correctas y los protejan de cualquier cosa mala, ¿me entiende?  Eso es lo que queremos.”

La reinauguración de Hernández el 27 de enero fue el primero para el país.  Miles de manifestantes marcharon al Estadio Nacional de Tegucigalpa, el sitio de la ceremonia, pero el gas lacrimógeno y barricadas les prohibieron la entrada.  Mientras tanto, Hernández frente sus propios obstáculos.  Debe tratar de reconciliar al país en la sombra de una elección que muchos consideran robada.  Y, quizás más difícil: debe intentar convencer a los hondureños que no buscará quedarse en poder después del segundo mandato.

Recientes novedades hacen pensar que la discordia no se resolverá pronto.  La ONU envió una delegación a principios de febrero para reunirse con grupos en Honduras y empezar un proceso de mediación, pero los líderes de la Alianza no asistieron, eligiendo enviar en su lugar a representantes con una lista de sus condiciones obligatorias para participar en la mediación.  Entre las condiciones era la investigación de violaciones de derechos humanos y fatalidades en las protestas después de las elecciones.  Después, Nasralla dijo que la reunión “fue fructífera” pero expresó su creencia que la misión de la ONU “no tiene interés en resolver la crisis” y se refirió a las felicitaciones que mandó el secretario general a Hernández como un “mal mensaje.”  Más tarde esa semana, él y más de 2,000 manifestantes protestaron afuera del edificio de la ONU en Tegucigalpa y una delegación de la Alianza se reunió de nuevo con la misión de la ONU.

Sólo dos días después, el presidente Hernández y el Partido Nacional publicaron una declaración afirmando que los líderes de la oposición trabajaron con maras criminales para reprimir los votos de los que apoyaban al Partido Nacional y que no asistieron a las reuniones con la misión de la ONU porque temieron ser investigados, aunque la declaración ofreció pocas pruebas de estas afirmaciones.  En un comunicado de prensa el 15 de febrero, el gobierno de Hernández anunció que él había exigido a la ONU investigar el papel de las maras como MS-13 en las elecciones.  La Alianza niega estas afirmaciones, diciendo que es el Partido Nacional que ha trabajado con las maras.  Los dos partidos están involucrados en un círculo confuso de acusaciones, cada uno argumentando que el otro lo está acusando de crímenes de los cuales él mismo es culpable.

Y esta no es la única nueva controversia.  El 8 de febrero, el Guardian reveló que, poco antes de las elecciones, Honduras, con autorización del gobierno británico, compró de una compañía británica más de $400,000 de programas espías para el uso de cuerpos policiales hondureños.  La tecnología permite a la policía monitorear e interceptar comunicaciones por correo electrónico, celulares y servicios de mensajería como WhatsApp.  La venta ha provocado una investigación en Britania, ya que la Ley Británica sobre el Control de Exportaciones del año 2008 prohíbe la exportación de armas cuando “haya un riesgo evidente de que se usarán para reprimir a su propia gente.”

Además, el 15 de febrero, el líder de la misión popular contra la corrupción renunció, diciendo que la misión no recibió apoyo adecuado ni de la OAS ni del gobierno hondureño y que él estuvo “sumamente preocupado” sobre la reacción del gobierno hondureña por la decisión de un juez de no fallar en un caso importante sobre corrupción, de acuerdo con la nueva ley de presupuestos.

Entretanto las manifestaciones no dan muestras de detenerse.  Mientras otros toman las calles en Honduras, Rodríguez y los demás manifestantes seguirán haciendo ruido desde su segundo hogar – los Estado Unidos – a distancia de poco más de mil millas.  En palabras de Edwin Peralta: “Desde nuestras casas, los hondureños nos unimos a una sola voz con cacerolas, así como en Argentina y Venezuela, el cacerolazo fue un éxito.  Es un movimiento que sigue en la lucha.”

  • About

    Natalie Yahr es una periodista y productora de radio con sede en Nueva Orleans, donde es la productora de noticias digitales para Listening Post New Orleans y trabaja por cuenta propia. También produce para la serie de historias contadas en vivo Bring Your Own, los espectáculos de marionetas de sombras Brought to Light y el proyecto #IAmAdultEd de Delgado Community College. | Natalie Yahr is a journalist and radio producer based in New Orleans, where she’s the Digital News Producer for Listening Post New Orleans and freelances on the side. She also produces for the Bring Your Own live storytelling series, the Brought to Light shadow puppet series, and Delgado Community College’s #IAmAdultEd project.